La revelación de Cristo en los evangelios
Plan de salvación
1:3 Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
1:4 y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo,
para que fuéramos santos
e irreprochables en su presencia, por el amor.
1:5 Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo,
conforme al beneplácito de su voluntad,
1:6 para alabanza de la gloria de su gracia,
que nos dio en su Hijo muy querido.
1:7 En él hemos sido redimidos por su sangre
y hemos recibido el perdón de los pecados,
según la riqueza de su gracia,
1:8 que Dios derramó sobre nosotros,
dándonos toda sabiduría y entendimiento.
1:9 Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad,
conforme al designio misericordioso
que estableció de antemano en Cristo,
1:10 para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos:
reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
bajo un solo jefe, que es Cristo.
1:11 En él hemos sido constituidos herederos,
y destinados de antemano —según el previo designio
del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad—
1:12 a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo,
para alabanza de su gloria.
1:13 En él, ustedes,
los que escucharon la Palabra de la verdad,
la Buena Noticia de la salvación,
y creyeron en ella,
también han sido marcados con un sello
por el Espíritu Santo prometido.
1:14 Ese Espíritu es el anticipo de nuestra herencia
y prepara la redención del pueblo
que Dios adquirió para sí,
para alabanza de su gloria.
En el segundo capítulo del libro de Juan, Jesús realiza un milagro que nos recuerda los dos aspectos de esta alentadora verdad: su poder para transformar nuestras situaciones
más difíciles, y su promesa de un futuro y una esperanza que van más allá de nuestros sueños e imaginación.
El alma de la fiesta
Al tercer día se celebró una boda en Canán de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo:
—Ya no tienen vino.
—Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—. Todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
—Hagan lo que él les ordene.
Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación. En cada una cabían unos cien litros.
Jesús dijo a los sirvientes:
—Llenen de agua las tinajas.
Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.
—Ahora saquen un poco y llévenlo al encargado del banquete
—les dijo Jesús.
Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces llamó aparte al novio y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora.
Esta, la primera de sus señales, la hizo Jesús en Canán de Galilea. Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Juan 2:1-11).
¿No te parece algo extraño que Jesús haya escogido una boda para lanzar su ministerio público? ¿O el hecho de que su primer milagro consistiera en abastecer de bebida
la celebración de una boda?
¿No crees que sea un poco... casual? ¿No podía él haber escogido algo más espectacular? Si yo hubiese sido el asesor de relaciones públicas de nuestro Señor en ese
momento, le habría aconsejado que no iniciara su carrera de Mesías de esa forma. Seguro hubiese establecido una estrategia más «lógica» para él.
Le habría dicho: «Bueno, Señor, como tu asesor de relaciones públicas pienso que, en lo concerniente a los milagros, empezaría con uno enorme y curaría a un hombre
nacido ciego. Sería algo dramático. Tal cosa de seguro te colocaría en el noticiero estelar.
O, mejor todavía, sana a un leproso. La gente ama eso.
Pero si en realidad quieres dejar huella, levanta a alguien de su tumba. Eso catapultaría tu carrera».
Jesús diría: «Pensaba convertir el agua en vino». «¿Qué? ¿Por qué vas a querer un milagro como ese?
¿Dónde está el drama? ¿Dónde está la noticia?» Pero eso fue justo lo que hizo. Tal como lo cuenta la historia en Juan 2, Jesús asistía a una boda, estaba conversando
y disfrutando de la celebración del compromiso de entrega en matrimonio entre un hombre y una mujer.
Jesús, Creador de todo, fue el que inventó el matrimonio.
(Penosamente, en la actualidad debemos añadir que solo hay un matrimonio que nuestro Señor establece y bendice: la unión de un hombre y una mujer.)
Tiene sentido por lo tanto que se haya unido a las festividades y haya bendecido a esta joven pareja con su presencia.
Siendo un carpintero poco conocido de Nazaret, todavía disfrutaba de un relativo anonimato mientras festejaba y celebraba en esta gozosa ocasión.
Pero, ¿convertir agua en vino? ¿Por qué el Mesías, el Hijo de Dios, empezaría su ministerio con un acto tan inusual?
Pensemos en ello por un momento...
Si Jesús pudo hacer esto...
El Señor realizó un milagro para traer felicidad y gozo a aquellos que celebraban la unión de un hombre y una mujer. Lo que Jesús hizo por esta joven pareja en su fiesta
de bodas en Caná muestra que él puede intervenir en tu vida en cualquier momento y proveer exactamente lo que necesitas. En realidad, él podría ir mucho más allá para
darte más de lo que jamás hayas pensado pedir o pudieras incluso soñar.
No se trató de un juego de manos como si se colocara un colorante púrpura para alimentos en esos inmensos barriles de cien litros de agua. Jesús creó un vino fino en
un instante. Este era un vino que indicaba claramente que provenía de uvas de primera clase, crecidas en un viñedo saludable, bañadas durante una larga temporada por la
cálida luz del sol del Medio Este, molidas en una prensa, almacenadas en pieles o barriles especiales, y añejadas con la más absoluta perfección.
Sé que hay personas que se consideran a sí mismas grandes conocedoras de vinos (yo no soy una de ellas).
Pero si por casualidad estás cambiando los canales de la televisión y te detienes en un canal de comida, es posible que veas a un sujeto tomando pequeños sorbos de una
copa de vino, moviéndola suavemente y expresando sus cualidades. El te dirá más de lo que imaginabas saber sobre las complejas sutilezas de su aroma, su bouquet, su
«acabado»... y mucho más. Para alguna gente (llamada en ocasiones los «esnobs del vino»), esta es una ciencia compleja.
Jesús creó seiscientos litros de un vino superior en un abrir y cerrar de ojos. Si hubiese querido, hubiera podido convertir todo el Mar de Galilea en un Cabernet (una vez
convirtió al poderoso río Nilo en sangre). Pero limitó el milagro a estas seis tinajas en una fiesta de bodas en una pequeña comunidad de Caná. Si Jesús pudo hacer esto... si
pudo transformar agua genérica cambiando por completo su estructura molecular en un segundo para convertirla en un vino tan maravilloso que sorprendió y asombró a un
experimentado catador... si pudo hacer esto... ¿qué situación en tu vida puede ser tan compleja o sobrecogedora para él? ¿Qué desafío en tu vida podría exceder este?
En ocasiones nos encontramos en una confusa combinación de circunstancias frustradas, sintiendo que las mismas están más allá de nuestro entendimiento, y tratamos
de explicárselo todo al Señor esperando que él pueda —de alguna forma— comprender lo que nosotros escasamente entendemos. No te preocupes. Jesús discierne tu
situación de forma más profunda y detallada de lo que túlo harías si pensaras y te angustiaras por ella durante un millón de años. El milagro en el capítulo 2 de Juan, el primer acto sobrenatural de nuestro Señor, prueba que él tiene el control de toda situación imaginable, de lo más sutil, de los que parecen ser los detalles más insignificantes.
A través de este milagro, Jesús mostró que tiene a su disposición, de manera inmediata e ilimitada, el poder para hacer cualquier cosa que escoja hacer.
Es posible que no necesites que el agua corriente se convierta en vino, pero entender y palpar la ilimitada fortaleza y sabiduría de nuestro Señor puede ser muy importante...
cuando el doctor te llama a su oficina, te pide que tomes asiento y te dice que tienes un cáncer inoperable...
o cuando el jefe te llama encargado del banquete supo que algo extraordinario sucedía luego del primer sorbo. Casi puedo ver la cara de sorpresa y asombro de aquel hombre.
¿De dónde habrían sacado estos muchachos una cosecha como esta? Era indudable que ese era el mejor vino que jamás había probado y que posiblemente probaría en su
vida. Una mirada de perplejidad debió haberse plasmado en su rostro. Llamó al novio: «Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido mucho,
entonces sirven el más barato; pero tú has guardado elmejor vino hasta ahora» (Jn 2:10).
Dios siempre guarda lo mejor para el final. Ese es su estilo,
ese es su plan.
No sucede así con Satanás. Su postulado es: Toma lo mejor ahora, mientras puedas hacerlo. ¿Quién sabe lo que vendrá después? Al diablo le gusta sacar su artillería pesada. El ofrece su utilería más seductora y provocativa al principio,
en especial cuando eres joven. Resulta increíble cuántos hombres y mujeres jóvenes —con todo su futuro y potencial por delante— arruinan y destruyen sus vidas con las
drogas, el alcohol y la inmoralidad. Y aun así, cada nueva generación de gente joven que aparece actúa como si ellos fueran los que descubrieron todas estas cosas.
El demonio es muy hábil en el momento de exhibir su mercancía. Ni el mejor centro comercial puede igualarlo.
Satanás puede hacer que toda mercancía mala se vea en realidad bien. La desliza frente a ti y te dice: «¡Oye! Tienes que hacer esto. Tienes que probar esto. No escuches lo que
tus padres te dicen». El sabe cómo hacer que estas situaciones arriesgadas parezcan un camino recto, así como algo atractivo y seductor. Después de todo, ha tenido como seis mil años para practicar con los hombres y mujeres y perfeccionar sus técnicas. Al mismo tiempo, puede hacer que las cosas infinitas (de valor eterno) se vean como
un periódico viejo, mostrándolas en verdad insípidas.
Cuando Eva estaba en el Jardín del Edén y vio el fruto prohibido, se sintió fuertemente atraída hacia él. Cuando reflexiono sobre esta escena, no pienso por cierto en la caracterización tradicional de una «manzana». (¿De dónde sacó la gente este asunto de la manzana? No era una manzana lo que estaba creciendo en ese árbol.) En lo personal,
me imagino un durazno dorado... rojizo, bastante maduro, casi brillante en el atardecer, jugoso y listo para caerse de la rama directo en tu mano. Francamente, una manzana no
me hubiera atraído en lo absoluto. Yo puedo tomar o no una manzana. ¡Mmm! ¿Pero un durazno dulce y grande?
Me parece estar viéndolo. Debe haberse visto muy bien,
porque la Biblia dice que era placentero a la vista.
El demonio diría: «¡Prueba esto!». Y al principio se ve bien. ¡Así es! Y ese primer bocado es emocionante. Pero más adelante... la historia es diferente. Una hora más
tarde, te preguntas: ¿Qué estaba pensando? ¿Por qué hice esto?
¡Es horrible! Ahí es cuando te golpean la culpa y el arrepentimiento y empiezas a comprender las repercusiones de lo que has hecho.
Sí, el demonio siempre exhibirá una mercancía atractiva, ya que sabe cómo hacerlo y conoce qué es lo que funciona.
Pero el precio es siempre, siempre demasiado caro. ¡No caigas en su trampa!
¿Por qué? Porque el tiempo pasa, los años se deslizan. Antes de que te des cuenta tendrás más años detrás que delante de ti... y te encontrarás mirando al pasado.
Entonces, todo será increíblemente desolador y vacío si has permitido que Satanás y la carne hagan lo suyo.
¿Y qué hay del mañana? Lo acabo de decir, lo mejor está por llegar.
Paz de Adentro
En Marcos 4, encontramos la conocida historia de Jesús durmiendo en medio de la tormenta. Se desató una gran tempestad de viento y las olas golpeaban la barca, pero Jesús dormía en la popa. “Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: ¡Calla! ¡Enmudece! Y el viento cesó y vino una gran calma.”
Este es un relato fascinante porque los discípulos despiertan a Jesús para hacerle una extraña pregunta: “¿No te importa que perezcamos?” Por supuesto que le importa -¡por eso vino a la Tierra! Jesús dijo, “Porque de tal manera amó Dios...para que no perezcan.”
Naturalmente, Cristo no se sintió afligido por los elementos enfurecidos. De hecho, no tuvo que gritar; sus palabras cargadas de fe, fueron suficientemente potentes. Puedo imaginarlo mientras bostezaba, frotándose los ojos y levantándose calmadamente para contemplar la tormenta. Pienso que simplemente dijo, “Calla. Aquiétate. Sea la paz.” El viento cesó al instante y las aguas repentinamente regresaron a la calma. Lo mismo ocurre con Dios; puede calmar instantáneamente todos nuestros temores.
Sin embargo, cuando los discípulos fueron rescatados de su temor, todavía se sentían extremadamente asustados. ¿Por qué si la tormenta había terminado? Se preguntaban, “¿Qué clase de hombre es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?” Los elementos estaban en paz, pero los discípulos continuaban asustados. Es claro que la ausencia de paz ya no tenía que ver con el ambiente. Algo más les quitó la paz -algo en su interior. No conocían a Jesús.
Sed sobrios es la segunda exhortación que nos da 1ª de Pedro 1:13.
El cristiano puede vivir con:
gratitud por todas las misericordias del pasado,
resuelto a enfrentar los desafíos del presente,
la esperanza certera de que en Cristo aun nos espera lo mejor.
Vivimos en una era materialista.
El individuo de nuestros tiempos se preocupa por el dinero, la belleza, los deseos, el placer, el logro, el poder y el estrato social más que cualquier otra cosa. Y los que no estan interesados en vivir de esta forma tiene que luchar contra la sucia corriente de la vida. La pérdida de valores del hombre moderno es común. La gente se vuelve cada vez más indiferente a la maldad, la violencia, las guerras, los desastres, las plagas, la hambruna, el terrorismo y a la locura de la sociedad. Poca gente se da cuenta de que la sociedad está dirigiéndose hacia la autodestrucción.
En tal sociedad, ¿qué fuerza puede purificar la Tierra? Definitivamente no será el control forzado de las leyes del gobierno. Porque las leyes son escritas por la gente; las leyes están condenadas a tener fisuras. Los violadores pueden evadir el castigo por medio del estatus, de las relaciones o el dinero. Además, las leyes sólo pueden castigar el comportamiento que es visto por otros; no pueden restringir el corazón de la gente.



